martes, 7 de octubre de 2014

La noche blanca



Todos los veranos como viene siendo habitual y por todos los alrededores de nuestra geografía gaditana  se celebra la noche blanca. Una bonita iniciativa que lleva implícito en su formulario una cita obligada con la gastronomía, la cultura y el entretenimiento popular.
La pretensión no es otra sino el acercamiento tanto a los lugareños como aquellos visitantes foráneos en esta etapa estival, las costumbres y gastronomía típicas de esta tierra.
Aderezado todo con unas pinceladas de cultura y un enfoque de revitalización económica, que palíe la grave situación en la que nos encontramos los gaditanos..
Las calles se vuelven de otra tonalidad, la estación estival se presta a este brillo formando parte de una algarabía llena de luz, con tonos impactantes y lucrativos.
Hay mucha gente, quizás demasiada gente, a la búsqueda de un ambiente complaciente de vientos que suenan a su favor, lleno de aromas suaves y aires fresquitos..
La apuesta cultural resulta interesante. Demasiado para poder llegar a todos y poco, para poder llegar a tantos,.. Sobre todo dándose la circunstancia de estar faltos de otros tipos de acontecimientos como bien apostilla más de uno, el resto del año.
La música suena por todos sus rincones y plazuelas, llenándonos con su sabor de belleza y armonía en su reserva, haciéndonos partícipes de un embrujo que enamora el alma, que te transporta a otro sitio, que lleva el sello de un sentimiento, cargado de furia y pasión. Hablamos de flamenco, de jóvenes promesas, que llegan con esa fuerza cargada de raza, para gloria de todos las aficionados de esta tierra.
Los sentimientos afloran y tal vez uno imbuido en esa algarabía parece que pierde el pulso, se siente guapo o guapa, y deja la timidez aparcada en un rincón. Entonces enciendes el dichoso motor de esa máquina, para bajar a tomar algo, para bajar a hablar con tu voz interior...
De nuevo en el bar se hace notar el tiempo presente, las prisas, el sentido de impotencia bifurcado en la cara del camarero que se muestra profesional y distante.
En el otro extremo de la mesa aparece un caballero, la cara de preocupación y soledad son evidentes. Ajeno por completo a todo lo que pasa a su alrededor, no se percata de la belleza de un rato de compañía y de buena conversación. El resto de la gente sigue disfrutando de ese momento crucial, de esa cita de verano que no quiere despedirse, que se niega a soportar por más tiempo esta la situación social de coyuntura, que quiere gozar por más tiempo de las pequeñas cosas de la vida...
Y allí en el otro extremo de la mesa, está ella, descifrando sueños de pequeñas vivencias.
Desde el primer instante queda anonadada ante su presencia, se vuelve vulnerable y se le aproxima.
Entablan una conversación, que desde ese momento la llevarán en sus corazones para siempre...












No hay comentarios:

Publicar un comentario