Me envuelvo en tu recuerdo
como en nieblas secretas que me apartan
del mundo.
En la calle sonrío al amigo que pasa,
y nadie,
nunca nadie
adivinó mi muerte bajo aquella sonrisa
ni el frío sin consuelo de mis ojos que
ciegan
pidiendo de los tuyos más desdén,
más veneno.
Ahora que la tarde se derrumba en las
sombras,
y que el libro de versos resbala por mis
manos,
ahora que la lluvia llora por los
cristales
de mi ventana,
y llanto va a caer de mis ojos,
antes de
que una mano encienda la dorada
llama de mi quinqué,
dime si tú no sueñas en tu balcón, ahora
que la lluvia nos une a los dos con sus
lágrimas,
o si sobre el teclado de tu piano oscuro
agoniza Chopin
bajo tus manos trémulas.
Nunca sabrás el loco deseo que me
tortura
de cautivar tus labios bajo mi boca
ávida,
y sentir el latido de tu sien en mi mano
aprisionada como un pájaro aterido.
Pero no sabrás nunca nada de mi deseo.
Nada de cuando pienso desgarrar con mis
dientes
los azules canales de tus venas
y juntos
morirnos desangrados, confundidas las
sangres.
Pero estamos ajenos.
Yo sigo en mi ventana,
y tú soñando en otro mientras Chopin
suspira,
ahora que aún no arde en mi quinqué la
luz
y que a los dos nos une la lluvia con
sus lágrimas.
Con toda mi admiración para Pablo García Baena
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