ESCRITORES ISLEÑOS CON LOS NIÑOS Y SUS DERECHOS
TAN SOLO UNA PALOMA
-Bueno chico, date prisa que ya está oscureciendo.
-Sí, señor Manuel, les he dado de comer a las vacas y a las gallinas-
respondió <<Perico>> gritando mientras ponía cara de importancia y un terrible cosquilleo le recorría todo el cuerpo-. Ya he baldeado el suelo del corral -continuó diciendo-, y he limpiado los bebederos, y los he rellenado con agua limpia; pero aún me quedan por terminar algunas cosas.
El niño entró finalmente en el palomar, agachado para no golpearse la cabeza, y para no espantar los animales. Sostenía en su mano derecha una vela encendida, que alzó, una vez dentro, por encima de su cabeza. En la otra mano llevaba un caldero lleno de trigo. Sólo se produjo un ligero revuelo y se oyeron
unos leves roces en los casilleros. Pero no se inquietó. Sabía demasiado bien que intentarían escapar o hacerle algún daño.
Un rato estuvo allí sentado, en el suelo, en un rincón del palomar, observando detenidamente las aves con la ayuda de la escasa y oscilante luz de las velas; su chisporroteo era el único sonido que se oía. No sintió miedo. Estaba acostumbrado. Casi podía adivinar, aún a ciegas, donde se hallaba cada una de las palomas.
Sí, ya era casi de noche. Tenía que darse prisa si quería alcanzar al señor Manuel, antes de que se marchara al pueblo; si no, no cobraría su salario, como tantas veces.
Y don Manuel, no sobresalía precisamente por su esplendidez y munificencia.
Se cercioró de nuevo de que todo estaba en orden; luego , cerró la portezuela procurando no hacer mucho ruido; dio un soplo a la vela y salió corriendo. Oyó el sonido del motor.
<<El coche de don Manuel >>, pensó. Corría tanto como sus piernas lo dejaban. Bajó las escalerillas, cruzó el corral. La cabeza se le inundó de repente de todo tipo de imágenes que, si cabe, más lo animaban a correr.
El coche de don Manuel, ya se alejaba. El muchacho llegó jadeando, sin apenas aliento, casi exhausto, y de salto se encaramó a la cancela . Sólo le dio tiempo a ver unas pequeñas luces rojas que, inmediatamente, se desvanecieron en la oscuridad, que había invadido, inexorablemente el carril.
<<Perico>> llegó a su casa, empujó la puerta y entró.Traía todo el frío de la noche incustrado en el rostro
y hasta en el más escondido hueso de su cuerpo.
Su madre se acercó, lo besó y luego se le quedó mirando con esa natural y, a veces, desconcertante ternura de madre. Él se metió la mano debajo de la zamarra, la sacó luego lentamente, y la entendió hacia ella:
-No te preocupes, mamá. Solo es una paloma.
Con toda mi admiración.
JOSÉ MARÍA HERNANDEZ
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