lunes, 12 de septiembre de 2016

Noche de verano


 Alegría, bullicio cómplice de una fiesta de verano que se propaga entre las gentes, 

alimento que se nutre sobre el escenario con la compañía de una copla y el deseo de 

juventud.

Las calles se engalanan a ritmos sabrosos sacando a flor de piel pasiones, encuentros 

de amistad regados con sones mágicos que nos recuerdan que estamos vivos y somos 

artífices de nuestro propio desafío.

La apuesta cultural se afana en regalarnos un abanico de posibilidades que nos 

resultan interesantes, quizás demasiado para disfrutar de una sola noche y más si se 

trata de encandilar de a todos. La música se esparce por cada plaza y rincón 

dejándonos un sello impreso donde poder abrazar el alma en cada trozo de nuestro 

corazón, si somos por unos instantes más felices, incluso se desborda por nuestras 

venas ríos de optimismo y pasión.

Hablamos de besos que se deslizan entre miradas, de boca desbordante sobre la mía, 

de cuerpos que no desean salir de esa prisión.

De cuerpos que se aceleran tras el motor de un deseo que es ajeno al freno del 

compromiso y que se deja llevar bajo unos ojos que sin palabras te piden conexión.

Hablamos de caricias en la sombra, de silencio roto, de una simbiosis que prefiere tu 

cuerpo, nuestros cuerpos lidiando en un manto de lujuria y libre elección. 

Y la magia da paso sedienta sobre nuestro destino dejando que una coqueta luna nos 

devuelva a nuestros orígenes, a lo que somos y siempre hemos sido, seres carnales, 

amantes de la naturaleza, de nuestros propios instintos y sentido, enriquecidos bajo la 

batuta de una sombra llena de nostalgia que esparce con gozo cada centímetro de 

nuestros cuerpos,  en ese poderoso universo donde cabe solo tu sonrisa y juega con 

furia el deseo de conexión.


Todos los derechos reservados para María José Solano Jiménez.


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