Ni en la peor de sus pesadillas el líder ruso Vladimir Putin podía llegar a pensar la
resistencia que ofrecerían las Fuerzas Armadas ucranianas ante la ofensiva en
la gruerra.
Posiblemte esperaba que los países occidentales no
se posicionaran ante el derecho y y el reclamo
de un territorio que según él les pertenece.
Muy al contrario este fallo de estrategia ha servido para que los aliados
hayan dado muestra de fortaleza, dando lugar a que países como Finlandia y Suecia se sumen a la causa.
No hay que perder de vista que el miedo de Putin,
por un lado sería la fuerte conexión de los países europeos y, por el otro, que el ejército que hoy en su principal apoyo pueda debilitarse y fracasar de
su máxima aspiración.
Nos encontramos con un dictador acorralado que puede desatar una catástrofe de innumerables
consecuencias, ya se están observando en algunos sectores de la economía global, los costes de la
economía financiera y las exportaciones de productos internacionales a causa del conflicto.
Un líder aislado y paranoide que no es capaz de respetar la evacuación de civiles a
través de los corredores humanitarios, ni a la población rusa disidente en
contra de esta guerra y solidarizada con
el pueblo ucraniano, topándose una y otra vez con la represión como medio de respuesta,
sin tener en consideración las sanciones establecidas por los países europeos que suponen un impacto para su comercio internacional,
así como un cerco directo a los oligarcas amigos de Vladimin Putin que
pueden minar su prestigio.
Puede que
Europa haya sido condescendiente con los conflictos del dictador Putin en
guerras como la de Chechenia y las
revueltas en la ucraniana Crimea y,
también haya tenido una relación de dependencia comercial con Rusia a cambio del
gas. Quizás ha llegado la hora de estudiar una
fórmula conciliadora que lleve a conseguir la paz en esta guerra de incertidumbre imprevisible donde una gran mayoría desea que todo termine por el bien de Ucrania y el
mundo.
Autora:
María José Solano Jiménez
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