viernes, 23 de mayo de 2014

FLOR SILVESTRE

Libertad



Nace al borde del camino
y en el camino se queda.
Nace casi sin destino.
Pueda que allí mismo muera.

Las encontré a cada paso,
blancas siempre, o amarillas,
al borde de los ribazos
mientras miraba la trilla.

Flor que nace descuidada
que solo acaricia el viento,
vive libre, solitaria,
adornando sus silencios.

Y sin embargo, segura
se abre cada mañana
goteándole el rocio
una ilusión renovada.

Piensa que a su alrededor
es la vida la que estalla
cantando al amanecer
de la tierra cultivada.

Y piensa en el sembrador
que en la tierra roturada
fue dejando la semilla
en una dura jornada.

Y luego con mano torpe
mano seca, mano ajada,
en el surco removido
celo y amor, la enterraba.

Sigue pensando la flor,
pensando así, mientras calla,
que aunque las flores no hablen
hay una voz en su entraña.

Una voz que se rebela
y que se pierde en la nada,
que nadie quiere escuchar,
que una flor no tiene alma.

Todo lo que nace aquí
alguien lo cuida y lo guarda
y nadie me cuida a mí
y no importa que no nazca.

Yo soy libre de nacer
pero ¿que vida me aguarda?
¿Quién cuidará de mi vida
si el silencio me acompaña?

Y eso es ser libre, pregunta.
Y su libertad la amarga,
que su propia libertad
le hace vivir olvidada.

No quiere sentir rencor
que sufre pero se aguanta.
Solo tiene dos amigos
a los que su pena canta.

El sol que brilla en el cielo
y la brisa perfumada
que suena como el suspiro
de una dulce enamorada.

Y a ellos dirije sus cuitas
y así consuelo demanda
para endulzar de algún modo
su libertad solitaria.

Hacerme nacer así
y luego ser arrancada
para endulzar de algún modo
su libertad solitaria
il
Hacerme, nacer así
y morir de una pisada
de hombre o bestia, quien lo sabe
después de muerta, ultrajada.

Ser libre, burda ironía
metida en una palabra
que en vez de promesa firme
es una protesta airada.

No quiero la libertad,
la pobre flor, suspiraba.
Que ser libre es estar sola
y la soledad, me mata.

La flor me hizo pensar
que su queja era enseñanza,
El hombre quiere ser libre
a costa de su esperanza.

El hombre débil barquilla,
quiere romper la amarras
y meterse en la corriente
de las olas encrespadas.

Sola, si timón ni guía,
por sí misma gobernada
sin conocer los escollos
que el mar en su seno guarda.

Libre, al fin, sin ataduras
de libertos se acompaña
y el mar se llena de barcas
con su libertad lograda.

Chocan entre sí, van ciegas,
y por ser libres se dañan,
que siempre esa libertad,
solo es furia desatada.

Pienso yo como la flor
que amo el sosiego y la calma
la liberta que es amor
y la caridad que hermana.

Pues la libertad de todos
por la que los hombres claman
es toda puro espejismo
que se pierde y no se alcanza.

Porque al igual que los bosques
que al árbol, ocultan, guardan,
con la libertad de todos
la libertad se desangra.

Se ahoga en su propio fin,
pobre libertad soñada..
¿Por qué la buscan los hombres
si no hace falta buscarla?

La libertad verdadera,
está en el fondo del alma
y fue Dios quién la creó
para gozarla sin trabas.

Que la libertad no es furia
nunca es rencor ni es venganza
Son unos brazos abiertos
y un hermano que te abraza.                      Inocencio Jiménez Ponce. Todos los derechos reservados.







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